La cultura del Trending Topic

Decía Voltaire que “El secreto de aburrir a la gente consiste en decirlo todo.”

Resulta que hoy se cumple un año desde que las 200 niñas nigerianas fueran secuestradas por Boko Haram. He podido leer el titular mientras hacía el típico scroll en Facebook sentado en el váter “Un año del masivo secuestro de Boko Haram: ¿Dónde están las niñas de la escuela de Nigeria?”. De esto me han sorprendido dos cosas: 1) que ya haga un año de esto. 2) que me haya importado una mierda.

La siguiente publicación debajo del artículo de las niñas (el cual no he abierto, como el 90% de artículos que veo por Facebook y Twitter), era una imagen de Mr. Wonderful que había colgado una amiga: “Quiero un perfume que huela a cafécontigo por la mañana”. Bueno, no decía eso, no recuerdo qué decía, pero podría perfectamente ser esta frase chorra que acabo de inventarme. El caso es que, cuando he leído el mensaje bonito y colorido de Mr. Wonderful, he pensado en dos cosas: 1) ¿Por qué no es Mrs. Wonderful? 2) Mi mente se ha colapsado con la dualidad de “niñas muertas” y “la vida es genial, aprovéchala”.

Y ahí es cuando ha cobrado importancia la noticia de lasniñasnegrasdemuylejos, pero no por ellas, sino por mí. ¿Qué me pasa, por qué no puedo sentir nada? ¿Por qué soy incapaz de empatizar con ellas, con el sufrimiento de sus familias, con la violencia de su entorno? ¿Por qué no me produce sufrimiento?

Me pasa constantemente, me descubro a mí mismo forzándome a sentir algo con algunas noticias o acontecimientos. Evidentemente, no soy un ser indolente, ni mucho menos. Me considero un tipo muy sensible, y cualquier persona que me conozca sabrá decirlo, porque me habrá visto llorar con la historia de amor de la peli Up, de Pixar, o no poder seguir viendo un vídeo de un caballo que se ahoga en un lago, o haber llenado pozos de lágrimas porque mi ex me haya dejado, o emocionarme hasta el ridículo porque unos patitos siguen a su mamá y uno se queda rezagado… y un etcétera emocional que no hace falta extender más.

Pero muchas veces me encuentro frente al ordenador leyendo los muertos de aquí y de allá mientras pongo un poco más de azúcar a mi té y, haciendo un potente ejercicio de autoanálisis, me doy cuenta de que me importa una puta mierda. No me afecta. En los quince primeros minutos de cada día, mientras miro Facebook, Twitter, Mail y Whatsapp sin levantarme de la cama, mi contador de muertos ya va por 200, y éste se mezcla con el “vive este día como si fuera el último” de Mr. Wonderful, el “reunión a las 16h” de mi jefe y el “esta noche fiestoco, tenéis que venir sí o sí” de mi colega Jero. Un rato después, cuando respondo a un desconocido en el Apalabrados mientras cago, me doy cuenta de que los 200 muertos podrían o no haber existido, porque no van a afectar a mi día en absoluto. Y me da igual si son 50 españoles los que iban en el vuelo, o si eran estudiantes los otros 150, o si otra vez más nos han subido la luz. Eso sí, mi botón de “compartir” echa humo, y en mis tuits acompaño estos enlaces con un “terrible noticia” o un “qué desgracia” o un “esto es inaceptable”.

En los trending topics puedo leer que hoy juega el Madrid contra el Atlético, que se ha puesto en marcha una campaña para devolver el recibo de la luz, que han muerto 400 personas tratando de llegar a Italia, que uno de los Gemeliers (el guapo) se ha torcido el tobillo. Y entonces me pregunto cuáles serán los trending topics de mañana, quién más jugará el partido de su vida, dónde caerá el atentado esta vez, a cuántos cientos desahuciarán, cuántos ríos ha comprado hoy la petrolera Tal o cuántos bosques ha deforestado la empresa Cual. Ahí me doy cuenta de una cosa: creo que ya no siento nada porque no soy capaz de asumir todo, tanto, de empatizar con todo, con tanto. Porque los trending topics de hoy son el olvido de los de ayer.

Puede que leamos 100 titulares por día, veamos 100 fotos de amigos y escribamos 100 mensajes de whatsapp, por día, todos los días. Y es por esto que cada vez me cuesta más sentirme afectado por las cosas, es por eso que cada vez me cuesta más leer algo en profundidad, se me hacen interminables los textos y no los comprendo, es por eso que ya no presto tanta atención a las conversaciones con mi entorno.

La cultura del trending topic es titularista, es negrita y 72, es clara, concisa y mordaz. La cultura del trending topic te permite hablar en el bar de todos los temas de actualidad (“¿has visto que ha muerto Eduardo Galeano? Ya, qué fuerte, tía, estoy triste porque a mí El Alquimista me encantó”) sin haber invertido prácticamente nada de tiempo en informarte.

Le pongo 5 estrellas a quien sepa hablarme sobre qué fue de la revolución en Egipto, de cómo sigue la guerra en Ucrania, de las consecuencias en las marcas de ropa responsables del derrumbe de la fábrica de Bangladesh (o si recuerda si quiera qué marcas eran), de cómo están las cosas en Islandia después de castigar a sus banqueros y políticos, de “al final al maquinista del Alvia lo metieron en la cárcel, ¿no?”, o de “no, los de Germanwings fueron 160, los de Spanair fueron 90 o 100”, de si llegaron las indemnizaciones a la gente de Lorca, de si los polos se derriten al 30 o al 20% anual “bueno, da igual, tío, el caso es que es una barbaridad, ¿sabes?, nos estamos cargando el planeta, tronco”. Y así…

Así me doy cuenta de que el significado de “aburrimiento” en la frase de Voltaire es mucho más amplio que el del diccionario. Se refiere a la pérdida de interés por sobreexcitación, sobredesgracias, sobreinformación, sobrerresponsabilidad, sobreimpotencia, sobreintoxicación, sobreverdades y sobrementiras.

Y, como diría Forges: “no te olvides de Haití”.

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German Wins.

Pues no, no me trago la historia del copiloto que estrella el avión, qué queréis que os diga. Siempre estamos con las mismas mierdas. El storytelling nos cuenta que todas las tragedias se dan por zumbados, ya sean zumbados con turbante o sin él. Si pensáis un poco, Spanair se libró porque la culpa era de los pilotos (que como palmaron no pudieron juzgarles), el puto Alvia de Santiago, porque el maquinista era un hijo de puta, y este accidente lo mismo. Por el momento, lo único que hay es una caja negra en la que se escucha que el copiloto se queda solo en la cabina cuando el piloto se va a mear, se bloquean las puertas de entrada a la cabina y se accionan los mandos de pérdida de altura. Lo que nos cuentan para decir que el copiloto los mató a todos es que el tío mantiene una “respiración normal” durante todo el descenso de altura. Con esto, ya se han difundido fotos por los periódicos de medio mundo con la cara del nuevo “monstruo” al que odiar y contra el que descargar la rabia. Mensaje: “hay gente muy loca, desconfía de tu vecino y deja en nuestras manos las próximas medidas de seguridad que implantaremos para evitar estas desgracias, con las que, incluso, podremos protegerte de ti mismo; tómate esta pastilla, ponte este chip, y cuando pienses en estrellar el avión o en meterle un tiro a Obama, nosotros nos encargaremos de que pienses en tus nuevas Reebok Classics”.

El tipo pudo desmayarse y accionar la pérdida de altura con el culo, la cabina puede que esté siempre bloqueada y desde dentro un tío desmayado no pueda darte acceso.

Puede que el tío tuviera secuestrada a su mujer y a sus hijos por la puta cia y le obligaran a cometer semejante salvajada para poder imponer nuevas “medidas de seguridad y control de impulsos de asesinato masivo”.

Puede que el tipo hubiera estado jugando al “yo nunca” con chupitos de lsd, y un unicornio con gorra de capitán le exigiera estrellarse contra el suelo.

Puede que el piloto principal, cuando fuera a mear, dejara el piloto automático puesto mientras el copiloto estaba durmiendo la siesta, y que la sevillana que tienen colgada del parabrisas cayera sobre el mando de pérdida de altura.

Puede ser cualquier cosa, pero el rollo “monstruo” siempre es más útil.

– Las cabinas se bloquean automáticamente, no pueden “quedarse desbloqueadas”, porque frente a un ataque terrorista, de estar siempre desbloqueada, cualquiera podría entrar a la fuerza. Desde dentro debe autorizarse cada entrada, desde dentro hay una cámara que graba quién está pidiendo acceso a la puerta. Un tío desmayado, por ejemplo, no puede abrir la puerta. Sé que hay un código de seguridad con el que se puede abrir la puerta desde fuera, salvo que se bloquee la entrada desde dentro. Pero pongámonos en el caso de que el piloto sale a mear, y un malvado terrorista, que evidentemente sabe el tema del código, obliga al piloto a que le de este código y entra a la cabina. Lo lógico, entonces, sería que, cuando sale alguien de la cabina que tiene en su poder el código, el de dentro bloqueara la entrada, aún con código, hasta cerciorarse de que quien quiere acceder es el piloto. En ese corto periodo de tiempo puede pasar de todo.

– Las primeras noticias decían que, antes de estrellarse, se lanzó el sos desde el avión, ahora se dice que no.

– El indicio más fiable que tienen sobre que el piloto cometiera semejante barbaridad es que su respiración era “normal”, suficiente para decir que el tipo era un psicópata sin empatía que, mientras se dirigía a cientos de km por hora a su muerte y a la de otras 150 personas, no se inmutaba, y eso indica que lo tenía perfectamente estudiado y era absolutamente intencionado. Y otra más: no pueden saber muy bien lo que dicen en la cabina, pero pueden oír perfectamente la respiración del copiloto. De hecho, si se ponen, hasta puede que sepan si el tío tenía acidez.

– Premeditado puede ser, pero el copiloto “monstruo asesino” no tiene ni idea de cómo funciona la vejiga del piloto principal, por lo que no supo antes que el piloto fuera a ir al baño.

– Si alguien en un estado de enajenación mental transitoria, o que se ha tomado un tripi, o que quiere matar a 150 personas incluido a sí mismo porque es un monstruo, puede hacer lo que le salga de las pelotas dentro de una cabina, entonces es un error del sistema de seguridad del avión, de la compañía o de su puta madre, pero no del zumbado zampatripis. Si se detecta una pérdida de altura semejante a mitad del camino, pasando por los putos pirineos, lo suyo es que haya un “clic”, un “clac” o una puta máquina del espacio que haga un ruido tipo “ñiquiñiquipumpum” que tome los putos mandos del avión y recupere la altura necesaria para no reventarse contra el suelo.

– La pérdida de altura fue durante 8 minutos. ¡8 MINUTOS! 8 minutos en los que la tripulación está aporreando la puerta de la cabina. 8 minutos que te dan para calentar un chocolate Paladín a la taza, hacerte la manicura, darte de baja de telefónica, hablar con tu mujer y llamar al maldito Obama para que active el control remoto y te de el código pin para desbloquear la cabina del infierno. Y otra, no hay vídeos se seguridad? No hay una cámara que grabe la cabina? ¿Qué software de mierda permite el descenso de altura en una zona de ese perfil? En mi iphone tengo una puta app con la que puedo conducir mi maldito coche desde el sofá de casa, y otra que me avisa si algún colega está por mi barrio para tomar unas cañas, pero un boeing no tiene una jodida cámara en la cabina y tampoco un control remoto por 4G.

– Desde el punto de vista económico, de marca, y del seguro de la aerolínea, sale más barato decir que fue un puto loco antes que un fallo mecánico, de mantenimiento o de protocolo. Y más allá, siendo así, las indemnizaciones serán solo del seguro de responsabilidad civil de los pilotos, y no de la compañía.

Sé que todo puede parecer muy mierda porque no tengo ni puta idea y muchas cosas que planteo son chorradas de alguien que no tiene ni idea de esto. Aún así, espero que al menos sirva para alimentar el debate y cuestionarnos un poquito las mierdas que nos cuentan.

¿Lo mejor de todo? Es que estas preguntas están en todas partes, en todos los muros de facebook y en todos los timeline de twitter, en las conversaciones en los bares y en las cenas familiares. Ya no nos creemos todo.

La cultura del Trending Topic

Decía Voltaire que “El secreto de aburrir a la gente consiste en decirlo todo.”

Resulta que hoy se cumple un año desde que las 200 niñas nigerianas fueran secuestradas por Boko Haram. He podido leer el titular mientras hacía el típico scroll en Facebook sentado en el váter “Un año del masivo secuestro de Boko Haram: ¿Dónde están las niñas de la escuela de Nigeria?”. De esto me han sorprendido dos cosas: 1) que ya haga un año de esto. 2) que me haya importado una mierda.

La siguiente publicación debajo del artículo de las niñas (el cual no he abierto, como el 90% de artículos que veo por Facebook y Twitter), era una imagen de Mr. Wonderful que había colgado una amiga: “Quiero un perfume que huela a cafécontigo por la mañana”. Bueno, no decía eso, no recuerdo qué decía, pero podría perfectamente ser esta frase chorra que acabo de inventarme. El caso es que, cuando he leído el mensaje bonito y colorido de Mr. Wonderful, he pensado en dos cosas: 1) ¿Por qué no es Mrs. Wonderful? 2) Mi mente se ha colapsado con la dualidad de “niñas muertas” y “la vida es genial, aprovéchala”.

Y ahí es cuando ha cobrado importancia la noticia de lasniñasnegrasdemuylejos, pero no por ellas, sino por mí. ¿Qué me pasa, por qué no puedo sentir nada? ¿Por qué soy incapaz de empatizar con ellas, con el sufrimiento de sus familias, con la violencia de su entorno? ¿Por qué no me produce sufrimiento?

Me pasa constantemente, me descubro a mí mismo forzándome a sentir algo con algunas noticias o acontecimientos. Evidentemente, no soy un ser indolente, ni mucho menos. Me considero un tipo muy sensible, y cualquier persona que me conozca sabrá decirlo, porque me habrá visto llorar con la historia de amor de la peli Up, de Pixar, o no poder seguir viendo un vídeo de un caballo que se ahoga en un lago, o haber llenado pozos de lágrimas porque mi ex me haya dejado, o emocionarme hasta el ridículo porque unos patitos siguen a su mamá y uno se queda rezagado… y un etcétera emocional que no hace falta extender más.

Pero muchas veces me encuentro frente al ordenador leyendo los muertos de aquí y de allá mientras pongo un poco más de azúcar a mi té y, haciendo un potente ejercicio de autoanálisis, me doy cuenta de que me importa una puta mierda. No me afecta. En los quince primeros minutos de cada día, mientras miro Facebook, Twitter, Mail y Whatsapp sin levantarme de la cama, mi contador de muertos ya va por 200, y éste se mezcla con el “vive este día como si fuera el último” de Mr. Wonderful, el “reunión a las 16h” de mi jefe y el “esta noche fiestoco, tenéis que venir sí o sí” de mi colega Jero. Un rato después, cuando respondo a un desconocido en el Apalabrados mientras cago, me doy cuenta de que los 200 muertos podrían o no haber existido, porque no van a afectar a mi día en absoluto. Y me da igual si son 50 españoles los que iban en el vuelo, o si eran estudiantes los otros 150, o si otra vez más nos han subido la luz. Eso sí, mi botón de “compartir” echa humo, y en mis tuits acompaño estos enlaces con un “terrible noticia” o un “qué desgracia” o un “esto es inaceptable”.

En los trending topics puedo leer que hoy juega el Madrid contra el Atlético, que se ha puesto en marcha una campaña para devolver el recibo de la luz, que han muerto 400 personas tratando de llegar a Italia, que uno de los Gemeliers (el guapo) se ha torcido el tobillo. Y entonces me pregunto cuáles serán los trending topics de mañana, quién más jugará el partido de su vida, dónde caerá el atentado esta vez, a cuántos cientos desahuciarán, cuántos ríos ha comprado hoy la petrolera Tal o cuántos bosques ha deforestado la empresa Cual. Ahí me doy cuenta de una cosa: creo que ya no siento nada porque no soy capaz de asumir todo, tanto, de empatizar con todo, con tanto. Porque los trending topics de hoy son el olvido de los de ayer.

Puede que leamos 100 titulares por día, veamos 100 fotos de amigos y escribamos 100 mensajes de whatsapp, por día, todos los días. Y es por esto que cada vez me cuesta más sentirme afectado por las cosas, es por eso que cada vez me cuesta más leer algo en profundidad, se me hacen interminables los textos y no los comprendo, es por eso que ya no presto tanta atención a las conversaciones con mi entorno.

La cultura del trending topic es titularista, es negrita y 72, es clara, concisa y mordaz. La cultura del trending topic te permite hablar en el bar de todos los temas de actualidad (“¿has visto que ha muerto Eduardo Galeano? Ya, qué fuerte, tía, estoy triste porque a mí El Alquimista me encantó”) sin haber invertido prácticamente nada de tiempo en informarte.

Le pongo 5 estrellas a quien sepa hablarme sobre qué fue de la revolución en Egipto, de cómo sigue la guerra en Ucrania, de las consecuencias en las marcas de ropa responsables del derrumbe de la fábrica de Bangladesh (o si recuerda si quiera qué marcas eran), de cómo están las cosas en Islandia después de castigar a sus banqueros y políticos, de “al final al maquinista del Alvia lo metieron en la cárcel, ¿no?”, o de “no, los de Germanwings fueron 160, los de Spanair fueron 90 o 100”, de si llegaron las indemnizaciones a la gente de Lorca, de si los polos se derriten al 30 o al 20% anual “bueno, da igual, tío, el caso es que es una barbaridad, ¿sabes?, nos estamos cargando el planeta, tronco”. Y así…

Así me doy cuenta de que el significado de “aburrimiento” en la frase de Voltaire es mucho más amplio que el del diccionario. Se refiere a la pérdida de interés por sobreexcitación, sobredesgracias, sobreinformación, sobrerresponsabilidad, sobreimpotencia, sobreintoxicación, sobreverdades y sobrementiras.

Y, como diría Forges: “no te olvides de Haití”.

Capítulo 3.

A veces pienso que, de lunes a jueves, los días no son más que un accidente necesario del fin de semana.

El viernes había quedado con Bea por el centro. Bea es una amiga de Nuria que conocí hace años en una noche cualquiera. Ahora que Nuria vive en Londres, yo me dedico a robarle las amistades. En realidad, llevo haciendo eso mucho tiempo. Hace unos años hice tres o cuatro amigos buenos y, desde entonces, funciono solo a través de recomendación. Así es como he ido forjando mi cartera afectivo/amistosa.

Bea y yo llevamos años juzgándonos a través de la personalidad que uno emite en Facebook, así que le propuse que, de una maldita vez, quedáramos cara a cara para darnos de hostias a gusto.
Después de una eternidad ignorándome, lo cual hacía de su figura misteriosa algo, si cabe, más idealizable, accedió a quedar. Y digo que accedió, porque Bea desprende esa sensación de que si cuentas con su presencia te está haciendo un favor.

De hecho, aquella tarde, me dejó tirado.

Por suerte, sabía que Simón y María andaban por la zona emborrachándose en su fase de preconcierto. Creo que iban a ver a un perro barbudo que sabía tocar la guitarra en la sala Joy. Les llamé y me apunté para que me hicieran compañía hasta la fiesta de cumpleaños de Laura. María se había alisado el pelo y ya no parecía un puto caniche cabreado; así que tuve que ponerme todo lo insolente que sé para enamorarla.

Cuando Simón y María entraron al concierto, todavía quedaba un buen rato para ir al cumple. Dada la ingesta de birra, decidí hacer “la ruta de los McDonalds”; esto es: pasear y entrar a mear en todos los McDonalds que encuentras a medida que avanzas. Sol, Gran Vía y, por último, el McDonalds de la Plaza de los Cubos en Princesa.
Mear tanto consiguió agotarme, así que entré al hall de los Renoir para estar calentito y tirar miradas seductoras a todas las gafapaster que pasaban por ahí. Me aburrí enseguida, así que fui a tomarme una cerveza a un bar atestado de gente, donde mi soledad pasara más desapercibida. Recibí la llamada de Charly como si se tratara del mesías:

– ¿Vamos al fiestoco, o qué?

Fuimos.
Al llegar a La Pocha, ya estaba bastante lleno. La Pocha es el garito donde curran Laura y Nagore. Básicamente es un garito donde todo está lleno de camareras buenorras (Laura y Nagore included) que se pasan la noche invitándote a chupitos y animándote a beber más, al más puro estilo Bar Coyote.
Teníamos, además, bastante comida y un barril de cerveza para nosotros, así que, poco después, éramos todos amigos.

Mientras llegaban Jesús y Uncolegadelpueblo, Charly me enseñó a tirar cañas, así que al rato ya andábamos diciéndole a todo dios que yo era un maestro cervecero y que cobraba treinta pavos la hora por estar ahí.

– Otra caña, por favor.

Mientras explicaba a mis colegas que últimamente siempre que salgo alguien me reconoce, una pareja se acercó y me dijo: – Tú eres Nico, ¿no? Yo te conozco.

Diez minutos después, también me encontré a Hugo y a su novia; me alegró bastante porque hacía mucho que no les veía.

Cuando ya teníamos todo controlado, me llamaron Jero y María para apuntarse al fiestoco. María había salido del concierto y venía muy “no limit”, y Jero… bueno, Jero habría salido de alguna alcantarilla.
A partir de ahí, Charly, Laura, Nagore y el resto de gente desaparecieron. Aún no tengo muy claro si se fueron o es que simplemente no les veía.

Al salir del garito solo quedábamos Jero, María, Jesús y yo. Jugamos a The Walking Dead por el Paseo de Recoletos durante un buen rato. Jero había accedido a que Jesús y yo durmiéramos en su casa, pero no sé por qué les perdí a él y a María en medio de la Castellana.

Jesús y yo tardamos casi dos horas en llegar a Atocha, y las luces del McDonalds iluminaron nuestras ánimas. Pedimos patatas y hamburguesas mientras el imbécil de Jesús buscaba bronca para resarcir su baja autoestima por no haber conseguido follar. Los chavales (tres) se pusieron chulos y nos siguieron durante un rato. Yo usé “ataque razón”, lo que los dejó confusos un momento. Cuando ya era casi inevitable que nos diéramos de hostias, aparecieron los maderos. Yo no podía dejar de partirme el culo, porque eran las 7:30 de la mañana de un sábado y unos maderos me estaban identificando por culpa de mi colega, así que, cuando llegamos a la estación de tren, le obligué a que me acompañara mientras desayunaba un café con porras.

En mi momento cumbre de despedo, cuando mojaba las porras en el café de la estación, me escribió Raquel desde Barcelona. Ella estaba tanto o más borracha que yo y ambos nos dijimos cosas de las que seguro nos arrepentimos.

Pude verme en una maldita conferencia, años después, explicando que la felicidad está en las cosas pequeñas, como desayunar café y porras mientras Raquel te cuenta que ya se va a dormir.

El sábado necesitaba un plan tranquilo, así que Bea y yo volvimos a intentar vernos, esta vez con éxito.

Quedamos a las 22h en la sala Berlanga de Argüelles para ver Magical Girl, pero no quedaban entradas, así que dimos un paseo mientras volvíamos a Tribunal para cenar. Para hacernos los snobs, fuimos a un sitio a comer unos bagels.

Bea me contó, durante un buen rato, la relación destructiva en la que andaba sumergida. Mientras me hablaba, tenía la sensación de que todo lo había contado tantas veces que ya ni siquiera tenía fuerzas para fingir que realmente le afectaba. Yo intenté hacerle algunas preguntas antes de caer en la rapidez de juzgarla, aunque después de un rato, no pude evitarlo. Mi juicio lo compartí con ella, aunque ella solo necesitara ser escuchada.

En la mayoría de las ocasiones, si una mujer te cuenta un problema, no está buscando en ti una revelación, una solución, o siquiera tu opinión; suele buscar, simplemente, una oreja sobre la que pensar en alto. El problema es que eso lucha directamente contra el ego de los hombres y, ante todo, contra las ganas que tenemos de solucionar sus problemas para poder follárnoslas.

Más tarde fuimos a tomar una copa al bar de un colega, el cual, muy hábil, me dijo:

– Es la chica más guapa que has traído esta noche.

Pronto ella se piró y yo tomé el metro para volver a casa pensando que Bea no tiene nada que ver con la imagen que yo tenía, y me moló humanizarla.

El domingo había quedado con Jero para hacer nuestro particular ritual pizzero, al que esta vez, como invitada especial, teníamos a María.

Me levanté más o menos pronto, así que le propuse a Jero pasear por el rastro antes de ir a comer. Parecía que alguien hubiera fabricado el día perfecto para ir al rastro, soleado y con temperatura agradable. Los músicos callejeros y los gritos de los tenderos nos hacían sentir como en una bonita novela de algún autor que haga novelas de esas que te da el sol en la cara.

Me sentí orgulloso de poder descubrirle a Jero mi rincón favorito del rastro. Galerías Piquer es un enorme patio interior, lleno de pequeñas tiendas de antigüedades. Un espacio definitivamente inspirador que nos obligó a Jero y a mí a hablar de literatura durante un buen rato.

Al salir, esperamos a encontrarnos con María en la puerta de la galería. Mientras, unos senegaleses cantaban y bailaban a nuestro lado, lo cual hizo de la aparición de María y su pelo liso algo realmente estelar.

Jero había estado la noche anterior preparando las masas de las pizzas. Había hecho tantas que, cuando me las enseñó, no pude resistirme a lanzar una de ellas por la ventana. No quiero que Jero se aburguese con la abundancia, porque de ser así, yo no tendría nada sobre lo que escribir. La pizza voló cual frisbee hasta casi golpear a una señora que pasaba por ahí. Imaginé, por un momento, lo ridículo de contarle a mi compañero de celda que yo estaba allí por haber matado a una vieja con una masa de pizza congelada.

Comimos unas 5000 pizzas entre los tres. No era la primera vez, ni mucho menos, que teníamos presencia femenina en nuestros domingos de pizza, pero sí era la primera vez que los dos queríamos tirarnos a la misma tía en nuestros domingos de pizza. Esto hizo que, durante un rato, el tono melancólico al que estamos acostumbrados fuera sustituido por una lucha de gallos entre Jero y yo. Ganó Jero por touchdown cuando sacó el teclado y empezó a tocar música.

Simón, que vive con Jero, había avisado de que vendría a la tarde con una tía con la que no había mucho feeling, así que le veníamos de puta madre para asustarla. Cuando abrieron la puerta, estábamos hablando de los cuentos de Ítalo Calvino y escuchando The Police. Inmediatamente, empezamos a hablar de matar bebés y pusimos Rammstein.

Hicimos algunas pizzas más y María empezó a amenazar con que tenía que irse. Le dije:

– Si hay algo que me entristezca más que el hecho de que estés aquí, es que te marches.

Se quedó el tiempo justo para ver cómo se atascaba el váter.
Cogí el desatascador y me puse unos guantes. Me acerqué al ordenador y puse a todo volumen “O Fortuna”, de Carmina Burana, mientras extendía mis brazos al máximo y miraba al cielo. Con los ojos en blanco y en un estado de semitrance, me encerré en el baño. Y lo hice.

– Lo que sea por un colega – dije–.

Creo que la tía con la que había venido Simón estaba flipando. María se fue, y yo me quedé el tiempo justo para sufrir un fuerte empacho de pizza.

De camino a la estación de tren, un tipo, completamente fuera de sí, me paró gritando:

– ¿Sabes cómo puedo ir al tanatorio? ¡Mi madre acaba de morir y estoy a punto de desmayarme por el ataque de nervios! Te prometo que no quiero dinero, de verdad –me dijo llorando muy fuerte–. Necesito ir al tanatorio y no tengo ni idea de cómo ir.

– Tranquilo –le dije–, ¿a qué tanatorio tienes que ir?.

– Al tanatorio de Cuenca. Los guardias de Méndez Álvaro me han dicho que allí hay un bus que lleva directo, pero estoy desesperado porque me falta dinero para un billete sencillo, ¡Ayúdame, por favor!

La peña que pasaba a nuestro lado flipaba muy fuerte con la escena, y yo me preguntaba por qué cojones siempre me pasan a mí estas mierdas. Mientras el tío seguía hablando, pude observar varias cosas: estábamos a media hora de Méndez Álvaro, y solo a 5 minutos de la glorieta de las cundas (yonkitaxi) de Embajadores. El tipo solo llevaba un chándal, tenía los mofletes comidos y en las comisuras de sus labios había dos espesas marcas blancas.

– Lo siento, tío. No puedo ayudarte.

El tipo se marchó y yo me sentí como una mierda. Tuve un pensamiento burgués y paternalista porque me acordé de un artículo que colgó Hugo sobre las adicciones, donde se explicaba que su origen se encontraba en la falta de interacción social y de amor recibido.

La noche se quedaba fría, estaba cada vez más oscuro y ya casi no había gente en la calle.

Me puse los cascos y sonó Portishead.

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Y volví a casa, como vuelven las cosas que no tienen mucho sentido…

Capítulo 2.

A las 13h del lunes había quedado con Antonio para ir al gimnasio. Llegué a las 13:20. Postureamos un poco, miramos un par de culos y nos volvimos cada uno a su casa.
Comí y me senté a subir mierdas a facebook de forma compulsiva (es mi forma de sentirme vivo). Estuve así hasta la hora de la cena. Cené y me fui a dormir. Lo que se dice un día de mierda.
Me dormí a las 00h con la firme intención de tener suficiente tiempo para descansar. Últimamente he podido descubrir que necesito exactamente nueve horas para estar descansado al día siguiente. A las 6:30h mi cabeza me despertó con millones de pensamientos e inquietudes y el pulso acelerado. Intenté resistirme un buen rato empujándolas para abajo, pero seguían insistiendo en salir. A las 7 me levanté. Los pájaros ya estaban despiertos (cosa que no entiendo, porque la mayoría de los pájaros no tienen trabajo). Me duché para despejarme y escuché hoyporhoy mientras preparaba el desayuno. Mi madre no se había despertado aún, así que pensé que sería un buen gesto prepararle un café asqueroso y unas tostadas quemadas. Tomó mate y un croissant y yo me comí las tostadas con un té. Más tarde aproveché el café para regar las plantas.

– ¿Quieres que te lleve al trabajo?
– No hace falta, muchas gracias.

Prometo que conduzco mejor que preparo café, pero cuando llevas casi veinte años con la misma rutina todas las mañanas, que el zumbado de tu hijo te la rompa no es necesariamente una buena experiencia.

Estuve escribiendo hasta las 11, y, cuando terminé, pensé en ir a nadar un rato mientras mi cuerpo ya se estaba metiendo de nuevo en la cama. Dormí un par de horas más, pero tuve que levantarme para ir a “mi cita del día”.

Sí, últimamente mi padre me ve un poco depre cuando hablamos, así que me arregló una cita con un sanador espiritual que él conocía. Yo, como lo ví un filón que te cagas para escribir sobre él, acepté. La verdad es que siempre estoy abierto a cosas nuevas, y esta me sonaba especialmente nueva y divertida. Mi padre me dijo que la mejor forma de aprovechar la sesión era intentar eliminar todo lo posible los prejuicios. Pero, ¿cómo coño pretende que no tenga prejuicios con algo que se llama “sanación espiritual”? Si ya el maldito nombre da asco y te hace pensar que te vas a quedar sin colegas si alguno se entera.

La cita era a las 16.15 en Argüelles, así que me bajé en Sol y fui caminando. Hacía bastante frío, pero tengo un abrigo con el que entro en combustión cuando empiezo a andar rápido. Así que ahí iba yo caminando chulo que te cagas por la Gran Vía en manga corta. La gente, embufandada y preparada para la época glaciar, flipaba bastante. Los semáforos se abrían a mi paso y los niños gritaban: – ¡Mira, papá, un superhéroe!. Bueno, en realidad no escuchaba si decían eso, porque llevaba los cascos a tope creyéndome que estaba en un videoclip; pero seguro que decían eso.

Llegué quince minutos antes de la cita, así que me dió tiempo a tomar un té con esencia de calamares en el bar de la esquina (siempre hay un maldito bar en la esquina).

Al entrar en “la consulta”, la secretaria me recibió diciendo: – Eres el hijo de Adrián, ¿verdad?
Que en ese sitio conocieran a mi padre me trasladó una imagen mental de él vestido de monje tibetano, siendo el más fucker del mundillo de la sanación espiritual.

– Espera aquí.

Lo primero que me sorprendió es que la sala de espera parecía la de un dentista. No había ni fuentes, ni jardines zen, ni olía a incienso, ni se escuchaba un hilo musical de versiones de rock clásico tocados con instrumentos de viento. Además, y esto me echó muy para atrás, las mesas de la sala estaban llenas de revistas del corazón. ¿Qué puta sanación espiritual pretende que tenga esta gente, si antes de entrar lo último que veo es la cara de Paquirrín?
Me esforcé mucho en eliminar mis prejuicios antes de entrar, y lo conseguí bastante. A los diez minutos estaba contándole mi vida a un completo desconocido, esperando que, si le caía bien, me dijera el número de la lotería, o al menos el pleno al quince.

La verdad es que se lo puse bastante fácil, porque siempre he pensado que es más sencillo sincerarse con un completo desconocido antes que con cualquier persona con la que mantienes un vínculo emocional.
Después de charlar un buen rato cara a cara y tener la sensación de que Jorge Bucay me estaba soplando la nuca, llegó la parte más interesante y más friki de toda la sesión: el tipo me hizo “la sanación propiamente dicha”. De hecho, esas fueron sus palabras: – Te voy a hacer la sanación “propiamente dicha”.
Acojona, ¿no? Pues es peor. El tipo me avisó de que conectaría con “el creador” y a su vez conectaría con mi energía, para poder efectuar una transmisión. Pensé en un cable HDMI.
Empezó a hacer delante de mí movimientos muy raros, sin tocarme, y unos gestos con la cara que Jim Carrey no conseguiría imitar. Para no partirme el culo delante del señor, cerré los ojos e intenté relajarme. Al final me moló y todo, porque soy muy de sacar cosas buenas de cualquier momento. Al terminar “la sanación propiamente dicha” me explicó las cosas que había percibido de mí. Me soltó un par de mierdas muy de tarotista, pero otro par de cosas que me dejaron muy loquer.

– Percibo que te encuentras en un momento de fina tristeza; pero no es una tristeza causada por tu falta de productividad, por tus carencias afectivas, o por tu situación sentimental. Es una tristeza que proviene de una obsesión por la trascendencia, por lo profundo y por la existencia.

Y, ahí, he de reconocer que me agradó que alguien tan ajeno a mí pudiera ayudarme a expresar lo que vengo sintiendo desde hace tantos años. Sobre todo porque la conversación previa la habíamos centrado en aspectos completamente terrenales.

Ahí queda, al fin y al cabo, a eso iba. Si podía sacar algo, genial. Tomé un café con mi padre al salir, e intercambiamos opiniones respecto a la esclavitud a la que estamos sometidos a través de la razón, y lo poco que dejamos volar la intuición.

Me llevó de vuelta a casa en coche y pudimos charlar sobre la influencia del miedo en la sociedad actual. Yo insistía en darle todo el protagonismo al miedo, mientras que mi padre llamaba a la esperanza, la ilusión, el vacío existencial y varias cosas más a que se unieran a la conversación.

La verdad es que cuando salí de la consulta, mi cuerpo estaba tremendamente relajado (o tal vez muy cansado). De todos modos, cuando llegué a casa, por fin, me decidí a completar el propósito de la mañana y me fui a nadar. Antes de entrar, recordé que el sanador me había dicho: – A los 3, 5, 10 y 20 años, tuviste experiencias traumáticas que marcaron tu personalidad. Piensa en ello e intenta identificarlos.
No conseguí recordar nada, pero, por si acaso, eché la lotería con esos números. No soy en absoluto supersticioso y tampoco juego nunca a la lotería, pero a veces me mola sentirme como en una peli. Mientras escribo esto ya sé que no me ha tocado nada y me siento bastante imbécil.

Hice 30 largos y me sentí genial por haber podido ir dos días seguidos al gimnasio.

Llegué a casa muerto, preparé algo de pasta y me sentí en pleno derecho de dar por acabado mi día.

Capítulo 1.

Bueno, ha sido un fin de semana bestial.

El viernes fui a la filmoteca, a la sesión de las 17:30. Me encanta ir a la filmoteca, sobre todo solo. Daban “Canciones para después de una guerra”. Un buen rato antes de entrar, compré “El estado mental”, una revista que realmente me traslada a otro estado mental. A veces no entiendo una mierda de lo que leo, pero tantas palabras tan bien unidas me hacen pensar que estoy leyendo algo de verdadero valor. Como siempre, desde hace un tiempo, antes de entrar a la filmo, me senté un rato a tomar un té en el bar de Patri. Bueno, el bar en realidad no es suyo, es de sus padres, y ellos lo atienden. Antes de conocer a Patri, siempre tomaba algo en el propio bar de la filmo, que es una pasada. El bar de Patri es un bar de viejos, tiene una decoración horrible y nunca termino de saber si su padre me reconoce cuando voy o no. De todos modos, ya es “mibardeantesdelafilmo”, porque me siento de puta madre ahí dentro. Tal vez sea porque tiene el punto necesario de decadencia para un aspirante a bohemio como yo.
De hecho, mientras leía la revista, no pude evitar escuchar cómo tres viejos hablaban, realmente excitados, sobre las apuestas de fútbol que iban a hacer para ese fin de semana. La conversación, con el ambiente y sus copas de Soberano, se habría quedado solo en en una conversación más si no hubiera sido por la siguiente intervención_

– Bueno, yo quiero hacer la misma apuesta que tú. Me la echas luego, ¿por favor?
– Coño, ¿y por qué no la echas tú, desgraciao?
– No…bueno –dijo mientras agachaba la cabeza–. Es que no puedo. A mí ya no me dejan apostar. No puedo entrar en casinos, ni en casas de apuestas, ni nada que tenga que ver con el juego.
– Bueno, ¡pues luego te la echo yo y arreglao!

Así, tan simple y tan terriblemente decadente a la vez. Si tienes problemas con el juego, no te preocupes que para eso estamos los colegas, para apostar por ti.

En la revista leí un buen artículo sobre cómo la idea de productividad en el sistema actual no hace más que matar nuestra esencia. Coincidí enormemente, así que lo celebré dando el último trago al té y cruzando los 5 metros que separan el bar de Patri de la filmo.

La peli era documental. Imágenes de la postguerra española acompañadas de canciones de la época. Muy sencillo, pero muy impactante. De hecho, tal fue el impacto que tuve que quedarme dormido durante 10 minutos. Siempre he tenido esa cualidad, que estimo casi como un don: cuando estoy muy cansado, sea cual sea el contexto, cierro los ojos 10 minutos y al despertar, estoy como nuevo. Y digo “sea cual sea el contexto” porque realmente lo he hecho en cientos de ocasiones (en la calle, en fiestas, en el cine, en el teatro, en la montaña rusa e incluso en aquél concurso de no dormir que, evidentemente, perdí).

Terminó la peli e inicié mi particular ronda de llamadas cuando estoy por el centro. Esta vez, la primera llamada dio sus frutos: Lorena estaba a 5 minutos de mí dando una vuelta con una amiga por el centro. – Debuti, me apunto.

Fuimos a una tienda a comprar una cejilla para la guitarra, y luego a otra a ver acuarelas y movidas de dibujo. Luego, para completar el momentazo de artistas, fuimos a emborracharnos. Me hice el guay pagando las cañas, porque eran muy baratas y porque me gusta que las chicas me deban algo. Para algunos esa es la única forma que tenemos de echar un polvo.

Más tarde, al salir, nos dimos cuenta de que hacía un frío terrible, así que propuse volver a la filmo, a la sesión de las 21:45h. En días de invierno así, la opción de estar resguardado del frío durante un par de horas por 2,5€ es más importante que la película en sí. La amiga de Lorena se fue, porque le entró la paranoia de que molestaba y se inventó un plan cualquiera. En realidad yo quería que se quedara, al fin y al cabo a Lorena solo la he visto un par de veces y no sabía cómo iba a ser el rollo de estar a solas.

Vimos una peli pretenciosamente delicada, que transcurría en un pueblito bucólico de Francia. Todo bien hasta que decidieron cargársela con una serie de clichés y recursos comunicativos de primero de superproducción. Al final, solo al final, pude ver que detrás de esa cagada andaba Steven Spielberg. Cuando terminó la peli, me quedaban 10 minutos para poder tomar el tren de vuelta a casa, si no lo tomaba, tendría que quedarme a dormir en casa de algún colega. Esto, al principio, suponía un problema, pero ahora ya me he hecho una agenda guapa de gente que me aloja incluso si no salgo con ellos esa noche. No sé si fue por las cañas que pagué o por mi cara de corderito degollado, pero, afortunadamente para mí, Lorena se desmarcó inmediatamente invitándome a su casa.
– Genial –le dije–, vamos a pillar unas cervezas y unos kebab.
Esta vez pagamos a medias los kebab, de la cerveza me ocupé yo. Siempre me ocupo yo de la cerveza.
Lorena vive en casa de unos tíos suyos al lado de Atocha. Ellos no utilizan el piso para nada, así que ella lo ocupa de viernes a viernes. Puede que sea el piso más frío en el que he estado nunca, y, ni Lorena ni su gato terminaban de acercarse lo suficiente como para robar su calor corporal. Cenamos, bebimos, jugamos a la nintendo64, escuchamos música y nos fuimos a dormir.

A la mañana siguiente, según me desperté a las 13h, recordé que había quedado para comer con mi padre en Villalba. Mi padre vive en Villalba desde hace varios años, con su pareja, Rosa, y sus niños. Todos adorables y llenos de afecto. La verdad es que les veo menos de lo que debería. Salí de la cama y me preparé un té, Lorena tomó un colacao. Miré los horarios de los trenes y salía uno al lado justo en 10 min. No sería lo único que me saldría redondo en el fin de semana. Llegué perfecto a la hora de la comida. Mi padre agradeció mucho que hubiera ido, pero también me abroncó por no haber dado señales de vida hasta ese momento. La verdad es que me sentí mal, porque desde el jueves no había respondido sobre si iría o no a comer el sábado. Rosa había ido a trabajar por la mañana muy temprano, y, al volver a casa, aún no sabía si contaba conmigo para el menú o no (además, si yo iba debían preparar algo sin carne). En ese momento reflexioné acerca de lo desplanificada que estaba mi vida desde hacía mucho tiempo, y me dí cuenta de que debo diferenciar entre la relación con mis colegas y con mi familia. Comimos y charlamos sobre nosotros, como de costumbre. Más tarde vimos el partido. A mí cada vez me interesa menos el fútbol, pero cuando se traduce en un acontecimiento social, lo disfruto.

A la tarde me llamó Nacho. – He quedado para ver una peli con unas amigas, ¿te apuntas? – Lo siento, tío, tengo un cumple a la noche –le dije–.

Cuando terminó el partido, mi padre me acompañó con Tango a la estación y volví a mi barrio flipando con el paisaje que había dejado la nieve en la sierra. Antes de pasar por mi casa fui a ver a estos a su piso. Estaban Jesús, Javi y Antonio. Hace unos meses que Antonio y Carlos (que no estaba en el piso en ese momento) se vinieron a vivir al lado de mi casa en Leganés. Desde entonces nos vemos practicamente todos los días y su piso se ha convertido en el “piso franco de los colegas”. Jugamos un rato a la play, bebimos unas cervezas y me piré a mi casa. Aún tenía que prepararme para salir. A las 22h ya estaba listo para salir de nuevo para Madrid. Mi madre ni si quiera me dijo eso de “esto no es un hostal”, lo cual agradecí. Hablé con Marta para preguntarle si iba a ir en coche, como siempre; y, como siempre, sí. Así que le pedí que me pasara a buscar, que el frío no me terminaba de motivar. El tiempo que estuve esperándola pude ver un poco la gala de los Goya; lo justo para poder decir tres mierdas en tuiter. Mi madre también salió, y antes que yo. Marta acabó llegando tarde que te cagas, pero al menos iría calentito al cumple. Cuando subí al coche, se notaba que Marta estaba un poco cortada. Hacía mucho que no nos veíamos, y ella había decidido pasar de mi culo durante un tiempo. A lo mejor esperaba que le pidiera explicaciones, o que la interpelara, pero a mí me la sudaba bastante. Intenté que se sintiera cómoda porque realmente me había salvado el culo viniendo a buscarme.

El cumple era de Patri, y lo celebraba junto con su hermana en el bar de sus padres. Cuando llegamos, el bar estaba a reventar de gente. Me alegró bastante prever que sería una noche divertida y en la que podría caer mal a muchísima gente. ¡Y así fue!
Jero me llamó al rato y le dije que se viniera al cumple. Jero era mi salvación y yo era la suya. Él me daría un sitio donde dormir y yo le haría compañía toda la noche.
En el bar estaba “tó pagao”, así que comí y bebí cerveza como si lo fueran a prohibir. Sobre las 3am no la prohibieron, pero empezaron a cobrar. Era el momento de pasarse a las copas. El ambiente molaba bastante, la verdad. Había muchos colegas que amo que te cagas y nos echamos unas buenas risas con los regalos completamente absurdos e inútiles que le habíamos regalado a Patri (entre ellos un cable de teléfono muy noventero y unas semillas para plantar zanahorias). El resto de peña hizo regalos lamentablemente útiles.

No recuerdo muy bien a qué hora salimos del bar, pero sí que lo hicimos todos juntos. Parecíamos una manifestación de borrachos. Como de costumbre, deambulamos por las calles de Madrid preguntando cuánto cobraban en los garitos por entrar. Al final, como siempre, el grupo se dividió entre los que se niegan a pagar entrada por entrar en un sitio atestado, y los que entran. Yo me quedé en el primer grupo. Ulises, Marc, Pablo, Jero y yo nos fuimos a Sol a por “la pizza del borracho”. Acabamos bebiendo cerveza de los chinos y bailando con unos paraguayos que iban igual o más doblados que nosotros.

– Listo Jero, ya fue, vamos a dormir –le dije–. Mañana será otro domingo maravilloso más.

Nos despedimos del resto y llegamos a casa de Jero sobre las 7am. Jero vivía con Simón (el hermano de Lorena), pero ese finde Simón no estaba, así que pude usurpar su cama. Dormimos hasta las 16h. Me desperté y puse un vinilo de Bob Marley mientras cagaba, esperando a que Jero se levantase. Pocas cosas pueden despertar tanto el alma como Bob Marley acompañado del sonido de la aguja en el vinilo. Tomamos unos mates, escuchamos mucha música y empezamos a hacer las pizzas. Hace ya mes y medio que venimos rindiendo culto a esta costumbre. Esta vez, Jero ya tenía lista las masas, supongo que de la última vez que las hicimos. Jero no tiene un pavo, así que hicimos las pizzas con restos de cosas y algunas mierdas que le robamos a Simón.

– Otro maravilloso domingo, amigo –le dije mientras tomábamos la primera pizza–.

Decidimos que la mejor forma de mejorar ese momento era viendo “El sentido de la vida”, de los Monty Python. Hicimos dos pizzas más. Cuando ambas cosas estaban a punto de terminar, recordé que había quedado con Alex, Silvia, Marta y Adri para ir al cine a las 22h en Leganés. Afuera el mundo se congelaba y tenía que volver a mi barrio, cansado y resacoso, penando en el camino a la estación con lo particularmente deprimente que tienen las noches frías de domingo. Encendí el móvil y llamé a Alex. Su voz al otro lado de la línea me trasladó una noticia que parecía venida del paraíso: estaban a cinco minutos de donde yo estaba con el coche, y nos encontraríamos en Puerta de Toledo para ir todos juntos. Calentitos, en el coche.

Habíamos quedado para ver Birdman. No me terminó de convencer. Me parece la misma historia de Cisne Negro, pero en clave de comedia moderna.

Al llegar a casa, me tomé una cerveza, vi un poco la tele, y me fui a dormir.

El día después del 31.

Empiezas a despertarte por el ruido de tus propios pedos. Abres un ojo a medias y hasta el más mínimo hilo de luz se folla tus pupilas sin que puedas evitarlo. Has dormido con la camisa con la que saliste ayer y toda tu habitación huele a puticlub. Tienes resaca, o aún sigues borracho, no eres capaz de diferenciarlo. Tu dignidad es una pared ametrallada de Sarajevo. A tu lado, el móvil, como siempre. Bájale el brillo a esa mierda.

Son las 3 de la tarde del 1 de Enero. 25 de las 30 personas a las que enviaste tu súper mensaje de año nuevo lo han leído pero no te han contestado (maldito doble check azul). Como muchas mañanas, empiezas a intentar recordar si anoche hiciste algo de lo que puedas arrepentirte. La ola de frío polar que ha entrado por debajo del nórdico te hace creer que a lo mejor tienes escarcha entre los dedos de los pies. Tienes dos opciones: levantarte o necrosar. Pero aún así te lo piensas un rato mientras abres tu facebook. Tu foto fingiendo que mordías una uva sigue estancada en los 3 likes, pero tienes una nueva invitación para jugar a candy crush saga, lo cual indica que alguien tiene una vida aún más triste que la tuya.

Consigues abrir el otro ojo, a medias también, y tu cabeza empieza a dar vueltas como un tiovivo, pero muerto.
Finalmente consigues reunir la fuerza suficiente como para poner el móvil en silencio, dar media vuelta sobre ti mismo, ponerte en posición fetal y seguir durmiendo un rato.

Son las 7 de la tarde y ya es de noche otra vez, lo único que ahora ilumina es el bajo brillo de tu móvil. Tienes 5 llamadas perdidas de tu madre y desearías estar muerto. Hace mucho más frío que antes, pero al menos el dolor de cabeza ha disminuido. Esta vez ya no te la cuelas a ti mismo y consigues levantarte de la cama, caminas a oscuras por tu habitación y pisas de lleno el puto cargador del móvil, que siempre está ahí dispuesto a joderte la vida. Afuera la calle está vacía, llena de farolas naranjas.
De camino a la cocina vas encendiendo todas las luces a tu alcance. El salón está asqueroso, hay una mancha enorme de nosabesqué en el parquet, huele a corcho y el mantel está lleno de cera de velas derretidas.
Mientras se calienta el agua para el té, abres la nevera y ves los langostinos que sobraron anoche. La foto es tan inspiradora que corres al baño a vomitar. ¡Ding! Ya está el agua. Mejor tomarás una manzanilla. Sujetas la taza rodeándola con las dos manos para captar su calor y te encorvas para que el vapor dé en tu cara. Ahora mismo, si te pusieran una manta térmica por encima de los hombros parecerías un rehén recién liberado de una película yanki.
Vomitar, como siempre, te ha dado hambre, así que acabas comiendo un poco de pan con salmón ahumado mientras ves la tele. Dan una de romanos, una de vaqueros, una de disney y un telefilm con muchos rehenes y muchas mantas térmicas.

Ves pero no miras y oyes pero no escuchas mientras piensas: mañana trabajo.

Carta a mi yo de ahora.

Mi estimado yo de ahora,

Han sido largas las noches y cortos los días durante demasiado tiempo.

Te has ido y hace frío en esta habitación. Las paredes se me vienen encima. Se ha apagado la música y aquí no queda nada.

Ya nadie viene a visitarme. Atrás quedaron aquellas cálidas madrugadas de verano donde solíamos gritar sobre este teclado.

Respira hondo, hasta que te absorbas. Y hazlo. Vuelve.

Endulza tu té y vuelve a escribir.

No pienses que nada es fácil, ni que nada es imposible. Relativiza y explora. Muévete, haz que salga de tus entrañas lo que tienes que mostrarnos. Pero hazlo de una vez, no te pares, ya no. Todo este tiempo he estado esperando a que saliera de ti mismo, pero ya no puedo más. Es hora de que vuelva a formar parte de tu vida. Tú, yo y esta habitación que se vuelve tan cálida en tu presencia.

Vamos, déjalo, sé que tienes miedos, pero no son un problema, solo debes aprender a vivir con ellos.
Vamos, déjalo, sé que estás perdido, pero no te agobies, es parte del proceso.
Vamos, déjalo, sé que aún así estás cómodo, pero no te confíes, estás muriendo poco a poco.
Vamos, ven.

De cuando nos estallaba el pecho

A veces me pregunto qué tengo que hacer para que me estalle el pecho.

Hace unos días, tal vez ya varios años, tenía que preguntarme cómo evitar que me estallara el pecho. A cada paso, a cada tema de Yann Tiersen, a cada mirada con las chicas, a cada ejercicio de escritura con Alex… Mi corazón latía fuerte y me decía: “esto que estás viviendo es bonito, es intenso, debes adorarlo, y este estallido es para que lo sepas identificar, para que te excites y te vuelvas adicto. Dame esto y te haré feliz.”

Se esfumó, ya no me estalla el pecho.

He pasado por la mejor clínica de desintoxicación: la adultez. Adultez como insulto, como desprecio, por eso suena así, tan a mierda: adultez (repítelo en tu cabeza, cógele asco). Adultez, qué asco!

La edad del pavo, qué bonito! La edad en la que todo el mundo piensa que eres imbécil porque tus sentimientos están a flor de piel. Tan pronto caminas entre algodones como te sientes el ser más desgraciado del mundo, por lo menos 40 veces por día, pero sin término medio. Luego llegas a la edad adulta y te estancas en el término medio.

Porque un adulto no debe dejar que la lluvia le moje la cara, ni que el sol le ciegue.

Salir de la adolescencia para entrar en la adultez es algo, que desde ya, a mí me huele a algo que está viejo. En la adultez necesitas dinero, te divorcias, te salen canas y cada vez ríes y lloras menos. Creo, firmemente, que nuestra esencia es la infancia, y que la adultez se dedica a enterrar poco a poco la niñez, siendo su última victoria la muerte.

Parece que las etapas de la vida hayan sido creadas como una “guía Cosmopolitan para gustarle a quien no te gusta”. Es una de esas múltiples formas de anular nuestra personalidad, de hacernos sentir absolutamente comunes, al mismo tiempo que nos permite ahorrar muchísimo tiempo a la hora de juzgar a las personas que tenemos alrededor.

Adulto, como negra, como guapo, como respetable, como hombre, como marica, como retrasada, como exitoso, como puta, como perroflauta, como cómo hago para juzgar a esta persona lo más rápido posible y que no me suponga el esfuerzo de considerarla única. Adulto como una pertenencia a un grupo donde se suponen ciertos comportamientos.

Adultez, donde tu pecho ya no estalla.

Porque no hace falta que nadie te abandone para ser un niño perdido, y como si no creces no puedes morir…sabiéndonos inmortales, permitámonos que nuestro pecho estalle. Día tras día. Para siempre.

Too hot inside
Too hot outside
Lazy days when I said let’s go for a ride

Nosotros hemos inventado la felicidad.

Y la tristeza, el odio, las artes, el vino.

Hemos inventado el esfuerzo, la moral, el miedo y el rechazo.
La fe, la bondad, el tiempo, los aromas, el vicio.

No hay nada que no hayamos inventado nosotros. Porque, al no tener la respuesta fácil, la inventamos.

Hemos inventado todo.

Si hemos inventado todo, ¿no seremos nosotros nuestro propio creador?.

¿No es acaso todo percepción? ¿No es acaso todo ficción?
Dime una cosa, solo una cosa, que sea real, y que no parta de un axioma de realidad.

Supuesta e indiscutible realidad.

Ese es el problema. El axioma.

Un castillo de naipes construido en el aire. De la nada, en la nada. Porque somos nada.

No puedes aprender a multiplicar si no sabes sumar, pero nosotros hemos aprendido a vivir sin saber existir.

Acallamos nuestra existencia con nuestra vida.

Nuestras (pre)ocupaciones son más cómodas que la existencia. Al fin y al cabo, nos hemos puesto como meta en la vida “ser felices”.
Y qué fácil es ser feliz.
Qué fácil y barato es todo comparado con pagar el precio de la profunda introspección.

Nos miramos a la cara y somos cómplices. Hemos inventado esto, sabemos que está mal, pero es cómodo. Es cómodo lo físico, el polvo por semana, el bar de la esquina, la lectura del domingo, la compra semanal, la familia, la muerte. Es todo cómodo. Es confortante saber que todo aquello en lo que te mueves lo conoces. Y que para “ser feliz” solo tienes que atraer las cosas que te gustan y que conoces.

Es cómodo. ¡Y qué irresponsable, qué necio!

Porque lo cómodo, valga la redundancia, nos acomoda. Y en la comodidad no se encuentra la iluminación. Es un muro a la iluminación, y es muy especial, porque este muro nos hace creer que no existe, para hacernos sentir más cómodos.

Ahora ya no puedes romper el muro, porque no sabes dónde está. Ahora eres invencible, porque has conseguido inventar algo que te supera a ti mismo. Ahora es el momento de darse cuenta de que hay que empezar a desinventar, volver al axioma, destruirlo y avanzar desde el único conocimiento certero de nuestro absoluto desconocimiento, y que la utopía que nos permita avanzar sea la duda eterna; porque el primer paso hacia la sapiencia es admitir la propia ignorancia.

Ya hemos demostrado que sabemos dormir. ¿Seremos capaces de despertar?